La luna errante
“La luna errante” de Yuu Nagira es un libro que me hizo contemplar la imperfección humana y aceptarla un poco más
La historia se inicia siguiendo a una niña de nueve años que se resiste a volver a la casa de sus tíos, donde vive tras ser separada de sus padres por decisión de las autoridades, y a un joven cuya presencia resulta difícil de encajar en una sola categoría.
Dos vidas que se cruzan en un margen extraño, difícil de asimilar.
La película apenas roza sus interiores; el libro, en cambio, es profundamente introspectivo. Al final queda una sensación difícil de nombrar, como si se aflojara una tensión antigua sostenida por el juicio tozudo y teñido de falsa virtud de una sociedad enferma.
Un día, bajo la lluvia, Sarasa toma la mano de Fumi, quien la invita a marcharse con él. La convivencia dura dos meses. Para ella, un respiro.
Cuando el caso se hace público, sus vidas se hacen pedazos. Fumi es señalado como violador y Sarasa queda reducida a una figura confusa, atrapada en relatos ajenos que sustituyen los hechos. Sarasa intenta explicar que el verdadero agresor sexual era su primo, razón por la cual no deseaba volver, pero no es escuchada. Su palabra no logra sostenerse. El verdadero canalla permanece impasible, protegido por la negación de sus padres, mientras la acusación recae sobre Fumi, quien termina en la cárcel. Sarasa es enviada a un reformatorio.
Ante una sociedad indiferente y ensimismada, con los años, Sarasa aprende a callar: lo que dice se vuelve en su contra, lo que no dice es rellenado por otros. En la construcción de su identidad, ella deja de ser partícipe.
Fumi, por su parte, teme el castigo, pero también parece encontrar en él una forma de alivio. Como si ser capturado pudiera dar forma a algo que no logra entender. En realidad, cargaba con una condición hormonal que lo convirtió en objeto de rechazo dentro de su propia familia. No es un monstruo, sino alguien sin lugar.
Sarasa lo recordaría durante años: fue el único que la entendió y la sacó de ese infierno, en el que día tras día su espíritu languidecía. Tiempo después, se reencuentran por casualidad. Fumi intenta apartarla, convencido de que juntos solo seguirán siendo juzgados. Aun así, ella insiste en quedarse y compartir sus días.
El desenlace es, en cierto modo, optimista. Siguen viéndose, no como pareja, porque en ellos no hay dicha inclinación, aunque los medios no lo comparten. El mundo ya ha decidido qué historia contar.
Mientras me quedaba absorto en la historia, mi ethik-manía me hizo detenerme: ¿cuántos casos como este habrá en el mundo? Empezó a derrumbarse una pared. Los hechos pueden ser lo que son, pero la forma en que se interpretan y se fijan como verdad, incluso legalmente, resulta aterradora.
El daño no siempre está en lo ocurrido, sino en lo que se decide creer. Cuando una versión se impone, la verdad no muere; se deja de oír.
¿Qué lleva a alguien a dejar de defenderse? A permitir que otros decidan quién es.
Al final no hay absolución ni condena. Solo una forma de seguir
Y aun así, viven con firmeza.
A pesar de todo, sostienen sus días con una conciencia intacta: las opiniones ajenas no consiguen plegar una verdad que solo ellos conocen.
Tal como sugiere el título, 流浪の月 (Rurō no Tsuki): una luna errante que aun así resplandece, bellamente, en soledad.
¿Cómo reconocer a una víctima, a un agresor, a un peligro? ¿Cómo vivir siendo juzgado? La buena conciencia alivia, sí, pero ¿es suficiente? Son preguntas que mi ethik-manía vuelve a despertar, y que me mantendrán, sin duda, con la sien ceñida por unos días más.
Comentarios
Publicar un comentario