Habitar antes de partir

Dos ideas que pasaron a formar parte de mi identidad.

La primera idea es casi un cliché, pero desde la experiencia del autor la frase adquiere un corte más fino.

“Menos impresionado, más implicado”

McConaughey sugiere que gran parte de nuestra ansiedad nace de vivir fascinados por futuros idealizados, posibilidades abstractas y versiones imaginarias de nosotros mismos. Es como soñar despierto todo el día. Mi ethik-manía se vio avergonzada ante esto, porque durante mucho tiempo pensé que soñar constantemente con un futuro idílico no tenía nada de contraproducente, incluso que era algo positivo, cuando en realidad era una alerta.

Mientras más nos impresionamos con aquello que “podríamos llegar a ser”, menos actuamos. La vida termina convirtiéndose en una eterna postergación. Implicarse, en cambio, significa actuar ahora, incluso sin certeza, incluso con miedo. Es una mentalidad impresionante.

La segunda idea me golpeó todavía más:

“Donde sea que estés, dale la justicia que se merece”

Me mudé muchas veces, no buscando crecer, sino escapar. Cambié de ciudad, de trabajo y de país creyendo que el problema siempre era el lugar. Y de ese modo, una vez más, buscando un futuro mejor, me mudé a Toronto. Pero la realidad no fue lo que esperaba. Entonces recordé este fragmento del libro. Claro: había escapado de un lugar nuevamente, incluso dejando atrás, con cierta pena, un trabajo que no me disgustaba del todo, sobre todo por el buen trato de mi jefe. Y lo peor es que amaba el lugar donde vivía: aquel enorme parque natural con lago y río; era un placer caminar allí con un café durante las mañanas de fin de semana.

No supe darle la justicia que se merecía ese lugar.

En alguna parte de mí, mi ethik-manía me susurraba que me quedara, que no era un mal lugar. Pero sentía que sería un fracaso no marcharme cuanto antes por temas burocráticos: papeles, fechas del visado y el plan de estudios que tenía en Canadá, también con fecha de inicio y que ya había aplazado varias veces. Y ahí me pilló todo lo que arrastraba conmigo; no el destino ni la mala suerte, sino aquello que nunca aprendía antes de irme de cada lugar.

Era como si, sin esos aprendizajes sedimentados en mi carácter, me faltaran herramientas para enfrentar un desafío mayor.

Me costó mucho estar en Canadá y finalmente decidí marcharme. Pero aquella vez sí luché. Lo pasé mal, pero luché. Incluso tuve experiencias terribles con estafadores y debí llamar a la policía por primera vez en mi vida. Y aun así, algo fue distinto.

Aprendí por fin a habitar plenamente, a entender dónde estaba realmente; al irme no fue por abandono, sino porque realmente había llegado el momento de irme. Observé. Permanecí atento. Comprendí qué podía enseñarme aquel lugar, y ningún otro.

Por eso, cuando finalmente decidí dejar Canadá, tuve paz.

Me fui con tristeza, sí, por rechazar ofertas laborales debido a restricciones de visa que me afectaron financieramente, pero también con gratitud: por aquellas calles que aprendí a recorrer, los amigos que hice, los museos que conocí, las bibliotecas donde leí, la casa donde viví, el college donde expuse un proyecto, los profesores que me indicaron otros caminos para alcanzar una meta y las cenas que compartí con la familia de un amigo.

Sólo entonces me marché

Greenlights no intenta enseñar cómo ganarle a la vida, sino cómo atravesarla con menos ansiedad y más honestidad. A veces creemos que la luz roja nos tortura, cuando en realidad sólo nos dice que aún no es el momento.

La luz verde no es un estado, sino una consecuencia.

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