El malentendido de Werther

Las penas del joven Werther, la novela que, injustificadamente, instó a una juventud neófita en el arte de vivir al suicidio.

Goethe se culpó y, buscando enmendar su rumbo literario, se apartó de la corriente del romanticismo y negó su creencia en el artista como héroe. El mencionado libro había sido malentendido.

Con este reproche empieza la obra, y yo quise entender su mensaje real; mi ethik-manía me aseguraba que el suicidio no es el camino, empujándome a confirmar aquello que Goethe realmente quiso comunicar.

Goethe, un hombre capaz de amar. Su romanticismo no le quita nada de su agudeza intelectual; muy al contrario de la mayoría de los genios, que, yo creo, por lo general mueren solteros, sin descendencia y sin haber conocido la pasión desenfrenada. Un hombre que lanza frases como:

«Una cosa es cierta: nada justifica tanto la existencia de un hombre como el ser amado por alguien»

Un hombre que lleva a indagar en cada esbozo de sus textos, no con ingenuidad intelectual, sino con un sello tácito, porque lo más importante de la vida siempre permanece tácito.

Su alma es bella. En un mundo enfermo, que busca más entender ciencia sin cultura y sentir menos empatía por su entorno, él dice:

«Porque solo tenemos derecho a hablar de algo cuando somos capaces de sentir de verdad aquello de lo que hablamos»

Mientras lo leo, no puedo dejar de vagar en lo alto, en una nube muy cómoda e idílica.

De modo que no sorprende que escribiera una novela así: la historia de un joven enamorado hasta el tuétano, con una poesía que encubre la toxicidad de la infatuación enardecida hasta destruirse.

El suicidio de Werther no estaba justificado. En la edición que obtuve se puede leer: «Cuando contemplo, sobre todo, el suicidio, voy en busca de ejemplos en la historia y encuentro que, entre todos aquellos que se quitaron la vida, nadie lo hizo con la libertad del emperador Otón». Al estar en desventaja en batalla, no pudo permitir derramar más sangre en vano; decidió entregarse para salvar a miles y conservar el bienestar de un reino que, de alguna manera, fue tan noble como él: impertérrito. Celebró una cena alegre con sus amigos; al día siguiente lo encontraron inerte, tras haberse atravesado el corazón con una daga.

Esta muerte lo conmovió, y entendió que él no podría morir como el emperador Otón; no tendría justificación suficiente para quitarse la vida. No tendría derecho a hacerlo.

«Yo salvé mi vida de los caprichos del suicidio que treparon sobre una juventud aburrida en un tiempo magnífico de paz»

Decía, y es que no podía quedar más claro.

Y, a su vez, me deja tarea, porque aún no sé quién fue ese emperador ni conozco su historia cabal, y me encantaría incluirla en mi repertorio.

Comentarios

Entradas populares de este blog

First Love

Leibniz en el bosque