Leibniz en el bosque

Dijo el gran Leibniz: “Vivimos en el mejor de los mundos posibles”. Si bien jamás me convenció, hoy interpreté dicha frase de otra manera.

Me fui de senderismo

Cargué mi mochila, mis zapatos de montaña, agua y algo de comer. Buscaba conectar con la naturaleza y, claro, dejar que la naturaleza conectara conmigo; relajarme, expulsar un poco del estrés acumulado.

Pero mientras avanzaba por el bosque me crucé con una serpiente estando completamente solo y sentí cómo se me encrespaban los nervios; luego, un gusano cayó desde lo alto directamente sobre mi cuello y olvidé respirar por un instante; más adelante vi enormes ciempiés venenosos que, aunque no matan, pueden dejarte vulnerable ante cualquier otro peligro acechando alrededor. Finalmente, me topé con un ciervo salvaje oculto detrás de unos arbustos; no lo vi de frente, pero bastaba imaginar un movimiento brusco para pensar en una pierna rota.

Y pensé para mis adentros: vine buscando paz, pero esto resulta un tanto peligroso. Debo mantenerme atento. Yo que esperaba distraerme contando las vetas de los troncos y perderme en el ocre de la tierra que pisaba...

Terminé sintiendo estrés, aunque distinto al de la ciudad. No ese estrés opresivo donde pareciera premiarse la estulticia contra natura y castigarse el respeto por la madre tierra, sino un estado más primitivo: supervivencia.

Y entonces recordé a Leibniz

Quizá tenía razón… pero sólo si consideramos la naturaleza misma.

Porque esta montaña, estos bosques inmensos, los insectos, el veneno y la tensión permanente entre vida y muerte son el resultado de algo muchísimo más grande que el ser humano. Este es el estado al que llegó la naturaleza por sí sola. Y sí: quizá sea el mejor de los mundos posibles…

hasta que el ser humano entra en la ecuación

Voltaire estaba hastiado de esta frase y escribió Candide casi como una respuesta amarga al optimismo de Leibniz. Pero yo creo que Voltaire hablaba únicamente de la condición humana, no de la naturaleza en estado puro. En su obra no encontré crítica alguna a la naturaleza aislada del hombre, como me ocurrió hoy dentro del bosque.

La mente humana parece incapaz de permanecer enteramente sometida a la naturaleza; algo en nosotros intenta resistirse

Entendiendo la naturaleza, uno puede salvarse de una catástrofe natural. Puede incluso salvar a otros. Pero también descubre algo duro: la naturaleza no premia la bondad; premia la supervivencia.

En un apéndice de Candide leí un fragmento de Del Hombre (C. A. Helvecio, 1772), donde se plantea que el hombre natural debe ser cruel, porque la naturaleza lo empuja a sobrevivir, y sobrevivir muchas veces implica destruir a otros.

Pero mi ethik-manía me dice que no necesariamente.

Los niños, por ejemplo, no parecen poseer un instinto asesino como las crías de ciertos animales depredadores. Helvecio sostenía que la educación vuelve al hombre menos natural y, precisamente por eso, más propenso al bien. Y creo que tiene parte de razón.

Yo sé que no sería el mismo sin haberme nutrido de tantos grandes pensadores. Mi convicción respecto a la empatía no sería tan fuerte sin ellos. Pero también pienso algo más: quizá nunca los habría entendido si no hubiera conservado, en algún rincón de mí, cierta bondad intuitiva de la infancia, anterior incluso a cualquier instrucción académica; quizá sea ésa la herramienta más importante para intentar vivir en armonía.

Y sospecho que esos grandes sabios conservaban algo parecido. Tal vez por eso seguimos conectando con ellos siglos después.

De modo que la próxima vez que vaya al bosque iré con otra actitud. La naturaleza no premia a los bondadosos. Tampoco a los necios. Ni siquiera a los inocentes.

Es un lugar que recuerda que uno es inmensamente vulnerable. Quizá la naturaleza, más que armonía, sea una lucha constante: hambre voraz, destrucción y supervivencia sin empatía.

Desde luego, no podría dormir tranquilo sabiendo que una tarántula podría morderme en cualquier momento.

Y quizá por eso el ser humano no es completamente natural. Porque es capaz de apartarse, de juzgar la naturaleza misma y observarla desde afuera. Tal vez sólo así podría existir un mundo en el que tanto Voltaire como Leibniz consideraran que vivimos realmente en el mejor de los mundos posibles: no destruyendo la naturaleza, sino amparándonos en el conocimiento para convivir con ella desde una distancia consciente, con una empatía y una bondad que quizá a la propia naturaleza jamás se le habrían ocurrido.

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