Alerta Stoner
Hay novelas que uno admira, como La Regenta. Otras que uno comprende, como The Heart Is a Lonely Hunter. Pero muy pocas consiguen hacerle preguntas incómodas a quien las lee, y hacerlo constantemente.
Stoner, de John Williams, fue una de ellas
Mientras avanzaba por sus páginas, mi ethik-manía no dejaba de intervenir. No juzgaba la calidad de la novela; su escritura es muy bella y pulcra. Juzgaba a Stoner, su protagonista. Me preguntaba una y otra vez: ¿qué debió haber hecho en cada situación?
Al principio, su vida mantiene un rumbo sereno. Descubre la literatura gracias a un profesor extraordinario y, por primera vez, entiende cuál es su lugar en el mundo. Por ello decide renunciar a ser agrónomo y apartarse de la granja de sus padres, quienes lo comprenden y saben que aquel lugar seguirá siendo siempre su hogar, un sitio al que podrá volver cuando lo necesite.
Esa decisión nunca me pareció un error. Encontrar la vocación y permanecer fiel a ella es, probablemente, una de las pocas victorias auténticas de la vida.
Sin embargo, romper por completo con sus raíces sí me pareció un error, y muy grave. Y lo peor es que nunca parece lamentarlo; incluso en los últimos momentos de su vida ni siquiera recuerda a sus padres. Tuve la impresión, o quizá la certeza, de que la granja debió permanecer allí como un refugio. Un lugar donde volver cuando todo lo demás se derrumbara, cuando necesitara respirar profundamente.
Yo también tuve padres que apoyaron mis decisiones, pero, a diferencia de Stoner, jamás he dejado de sentir que el cafetal de mi padre siempre será un lugar al que puedo regresar.
Esa diferencia, creo, terminó siendo decisiva
Después llega Edith.
No creo que Edith fuera una persona sana; creo que nunca supo amar. Su matrimonio se convierte poco a poco en una violencia silenciosa. Ella parece necesitar el conflicto para existir y Stoner, incapaz de enfrentarlo y de hacer respetar su lugar, ni siquiera consigue conservar su estudio ni proteger sus libros, sus únicos tesoros materiales. Sin denostarla, ni siquiera en pensamiento, termina convirtiéndose en el blanco perfecto.
Entonces comenzaron las preguntas
¿Debió divorciarse? ¿Luchar más por Grace, su hija, que poco a poco le fue arrebatada? ¿Aceptar la bancarrota con tal de recuperar su libertad? ¿Marcharse con Katherine, su amante, su única fuente de paz? No tengo respuestas. Sólo sospechas.
Yo probablemente habría dejado caer la casa. Con toda la deuda que lo abrumaba por culpa de Edith, no habría estado en paz. Jamás se me habría ocurrido vender la granja para saldar una deuda que ni siquiera habría desaparecido del todo. Habría aceptado perder dinero y empezar otra vida mientras Edith se veía obligada a regresar a la casa de sus padres. Grace también habría ido con ella, pero al menos habría crecido junto a sus abuelos.
También habría luchado más por Grace, aunque ni siquiera estoy seguro de que eso hubiera evitado el daño que Edith ya le había provocado. Pero al menos habría intentado hacerle saber que el comportamiento de su madre no era normal, que su padre podía ser un refugio. Sólo saberlo ya habría marcado una diferencia en su vida, además de unas visitas periódicas y cartas al estilo de un poeta.
La novela no deja de recordarme lo difícil que resulta juzgar la vida ajena cuando uno no es quien la está viviendo.
En el trabajo tampoco encuentra descanso. Colegas hostiles, alumnos problemáticos y una universidad que poco a poco deja de parecer una fuente vivificante para convertirse en otro lugar de desgaste. Finch es prácticamente el único amigo que tiene y ni siquiera él puede protegerlo siempre.
Todo en Stoner parece sostenerse gracias a una resiliencia admirable. Pero mi ethik-manía me susurra algo distinto. ¿Y si ya no fuera resiliencia? ¿Y si, pasado cierto límite, la resiliencia se transformara en agonía, en un desgarro del alma?
Hace un tiempo viví una situación difícil en mi trabajo. Ya me había ocurrido antes en otros centros laborales. Un compañero terminó convirtiendo cada jornada en una tortura. Pensé incluso en renunciar. Pero decidí acudir formalmente a mi superior; era mi último recurso. Ese mismo día me cambiaron de puesto y el problema desapareció.
Mientras leía la novela no dejaba de pensar que Stoner jamás habría hecho algo así. Su falta de reacción llegó a parecerme una especie de estulticia; una ignorancia elegante, propia de un hombre profundamente culto, pero con un enorme vacío en su cotidianidad, donde encuentra poesía, aunque ésta ya no parece suficiente para aliviar su fatiga.
Durante años mi ethik-manía me ha repetido la misma pregunta: ¿y si hubieras aguantado un poco más? Quizá incluso influido por Greenlights, de Matthew McConaughey.
Gracias a Stoner apareció otra igual de importante
¿Y si ya aguantaste demasiado? Creo que esa es la verdadera enseñanza de la novela. No basta con encontrar la vocación. No basta con amar el propio trabajo, que en el caso de Stoner ya estaba tan roído como sus libros, esos que Edith dejaba arruinar bajo la lluvia. No basta con resistir. También hay que saber marcharse.
Hay un momento en el que permanecer deja de ser fortaleza y empieza a convertirse en una forma elegante de erosión, una que termina por fagocitar el ánimo de vivir. No me extraña que, para cuando se iba a jubilar, el cáncer terminara por arrebatarle el tiempo libre que quizá habría aprovechado para escribir.
Ése es el límite que Stoner cruzó una y otra vez
Y precisamente por eso esta novela me parece una alerta.
Una alerta que espero no olvidar nunca.
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