Sabina no podría ser mi amigo

El poeta que canta para ser escuchado en un mundo que ya nadie lee

Admiro su verbo, su dedicación a la literatura y su gusto por la belleza en la prosa. Sin embargo, hay algo en él que me impide acercarme, que me impide desear formar parte de su vida.

Su fuente de inspiración es, muchas veces, la miseria humana. Yo niego la necesidad del sufrimiento como condición esencial para crear poesía. La belleza puede atravesar el dolor, pero no creo que nazca de él. Del sufrimiento puede surgir arte, desde luego, pero eso no convierte al sufrimiento en una virtud. A lo sumo, la madurez de un poeta puede cantar la tristeza que deja. Y cuando hablo de madurez, me refiero a una madurez espiritual: el arrepentimiento de no haber sabido ver antes.

Pienso, por ejemplo, en las prostitutas. En una entrevista, Sabina dijo que siempre que puede les paga el doble de lo que piden porque le parece que cobran muy poco por lo que dan. Algunos verán en ello compasión. Yo no puedo.

No podría ser amigo de un hombre que paga por el cuerpo de una mujer. Simplemente no puedo.

Esta cuestión me llevó incluso a escribir una novela que ronda por ahí sin ser leída, titulada Hombres Esperma. En ella intento explorar las contradicciones que rodean este fenómeno. ¿Cómo es posible que, en sociedades donde tantas personas apenas logran cubrir sus necesidades más básicas, exista una industria construida sobre semejante vulnerabilidad? Nadie desearía esa vida para una mujer a la que ama. Sin embargo, cuando permanece en el anonimato, muchos no sienten reparo alguno en comprar su cuerpo.

Y siempre son ellas las desdichadas

Los hombres, en cambio, son simplemente hombres

Nunca me dieron asco las prostitutas. Siempre me produjeron tristeza y una profunda incomprensión. Mi rechazo estuvo dirigido, desde el principio, hacia quienes pagan.

Hay otra cuestión que me distancia todavía más de Sabina: su afición por la tauromaquia.

Mi Ethik-manía terminó llevándome al veganismo hace ya más de quince años. No puedo contemplar deliberadamente el sufrimiento de un animal sin sentir una profunda incomodidad espiritual. Cuando se trata de una mascota, casi todos parecen comprenderlo. Pero cuando el animal es un desconocido, muchos aceptan convertir su dolor en alimento o entretenimiento.

Con las prostitutas ocurre algo parecido. Si fuera tu hermana, tu madre o tu amiga de la infancia, la conversación cambiaría de inmediato. Tal vez el problema sea que no conocemos sus rostros. O que hemos aprendido a mirar sin ver.

A eso algunos lo llaman cultura.

Admiran al torero.

Yo solo veo violencia. Veo una de las expresiones más miserables de la capacidad humana para ignorar el sufrimiento ajeno. Un espectáculo que exige silenciar la compasión para poder ser disfrutado.

Sabina parece estar imbuido de buenos libros. Sus canciones y sus prosas rebosan ingenio, sensibilidad y oficio. Pero su admiración por un torero, o simplemente por quien convierte la muerte de un ser sintiente en espectáculo, me resulta incomprensible.

Lo que más me desconcierta es la contradicción.

Sabina canta a las prostitutas, lamenta su suerte y las convierte en protagonistas de sus versos. Sin embargo, participa de la misma realidad que dice compadecer. Es como si alabara la herida mientras contribuyera a mantenerla abierta.

Después aparecen videoclips donde seca las lágrimas de una mujer.

No lo entiendo.

Tampoco me convencen su alcoholismo ni su drogadicción. No porque crea que los artistas deban ser santos, sino porque nunca he encontrado nada romántico en la autodestrucción.

Quizá por eso mi relación con Sabina sea una relación de admiración y distancia.

Seguiré escuchando algunas de sus canciones. Seguiré reconociendo la calidad de muchos de sus versos. Seguiré considerando que posee un talento extraordinario para vestir de poesía aquello que otros apenas consiguen expresar.

Pero una cosa es admirar una obra

Y otra muy distinta es querer compartir una mesa con quien la creó

Puede ser un grande.

Pero Sabina no podría ser mi amigo.

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